miércoles, 20 de abril de 2022

Nadando en sobrecumplimientos

 


Nada... busco y busco en todos estos acrónimos que la burocracia local ha inventado, y nada. Si acaso, encuentro apenas algún dato en fuentes alternativas, pero todas ellas desactualizadas, mientras que las internas, las oficiales, parcamente brindan cifras globales de producción, pero ningún desglose por especie, o por zona, o por arte, o por tipo de flota; ningún índice, ninguna referencia ponderada que nos oriente sobre la evolución de los rendimientos o sobre el estado de los recursos y ambientes explotados... Nada; pues nada es, para efectos de una gestión eficiente, contar solo con un dato aislado y extemporáneo que de nada sirve para describir realidades ecológicas, y, de allí, pretender generar ajustes juiciosos sobre las normas y providencias a fin regular la actividades pesqueras en favor de la viabilidad y la sostenibilidad de este servicio ecosistémico.

Y, sin embargo, las redes, las sociales, y sus cuentas estatales esas sí están repletas de anuncios de distribución de un millón de kilos por aquí, un par de millones por allá, como medidas efectivas para contrarrestar la especulación capitalista y alimentar al pueblo (ese pueblo cuyos niños sufren de desnutrición crónica y aguda en una proporción de 30 %). Millones, sustantivo que pretende denotar cantidades enormes, pero que al dividirlo entre mil, nos revela que la producción total del país el año pasado fue solo de 240 mil toneladas de pescado (Ministerio de Pesca dixit, en medio de otras noticias de caravanas, ferias, fiestas patrias y, ahora, gasolina regalada para ciertos pescadores… ¿por qué no a todos? ¿Por qué, mejor, no desechar estas medidas populistas insostenibles?). Doscientos cuarenta millones de kilos, cifra que, incluso aceptando su veracidad y precisión, es muy inferior al requerimiento nacional estimado por el Instituto Nacional de Nutrición, que ya para 2018 era de cerca de 500 mil toneladas.  Anuncios que se repiten y repiten recurriendo a la palabra de moda para describir la gestión del ente rector de la actividad pesquera y de acuicultura: «sobrecumplimiento». Así, los responsables del sector se han regodeado propalando que «…en 2021 hemos logrado un sobrecumplimiento de 118 %...». ¿Qué querrá decir esto de un sobrecumplimiento de 118 %? Dos alternativas: que se duplicó la meta y un poquito más (sentido literal), o que se produjo 18 % más de lo esperado (sentido que supongo el pretendido).

De cualquier modo, tratándose de pesca (y de acuicultura y cualquier actividad que se sirva de uno o varios servicios ecosistémicos), el éxito no puede ni debe medirse en simples términos de incremento de captura o producción. Según hemos explicado en artículos anteriores, ciertos incrementos pueden ser incluso perniciosos si no ocurren dentro de un esquema integral de aseguramiento de la calidad ambiental, y, sobre todo, que no es lo mismo pero es igual, del mantenimiento de la biodiversidad, en tanto que resguardo de la integridad de las comunidades naturales y las interacciones entre sus componentes. Pero, más allá de esto, valiéndonos por un instante de la ‘captura total’ como único indicador de gestión, para mí el verdadero «sobrecumplimiento» es haber logrado una tal cifra, a pesar de: la escasez crónica de combustible; la proliferación de artes de pesca de altísimo impacto, además, en  áreas del margen marinocostero muy sensibles donde ha ocurrido degradación ambiental profunda y sostenida (e. g. derrames petroleros permanentes en el Golfo Triste, Golfo de Venezuela, Lago de Maracaibo); el robo de motores e insumos, la piratería mar afuera…   

Por ahora, además de este «logro», nos queda la promesa del nuevo ministro, @OlgaLuisaF, de desarrollar el plan #LlegóElPescadoNETS, cuyos ocho pilares (disponibilidad, puertos y lonjas, instalaciones de refrigeración, procesamiento y agregación de valor, faenas seguras…) era precisamente lo que teníamos hace no mucho tiempo atrás.

En todo caso, donde sí podemos hablar de sobrecumplimiento con creces es en el uso de ese bendito y «pretensioso adanismo» que hace que el pasado no exista y que, cada tanto, haya que empezar todo de nuevo… Pobre Adán… pobre Sísifo.

P.S: Un par de días después de haber escrito el texto anterior, la Sra. Olga Figueroa fue remplazada por el ¿sexto, séptimo? ministro desde la creación del ministerio en 2016... he aquí, finalmente, un índice: 1,2 ministros/año...   

 

 

martes, 1 de febrero de 2022

Marcel Proust en Cumaná

 

 

 

infolibros.org


Transido por nuevos casos, esta vez en la Universidad de Los Andes, que, lejos de parar, se repiten la mayoría de ellos discreta y anónimamente, mi memoria planea por mis primeros días de estudiante universitario en el oriente del país: tímido y abrumado por el gentío; por la algarabía de cientos de estudiantes entrecruzándose en pasillos flanqueados por decenas de puertas de aulas y laboratorios, las anchas y pulidas escaleras del intimidante Edificio de Ciencias y sus paredes colmadas de avisos de eventos académicos, de listas de calificaciones, pantalla de alegrías y frustraciones expresadas bulliciosamente por los evaluados; la regia estructura de «El Oceanográfico», meca de mis ambiciones de muchacho; los jardines y fuentes que me conducían a «Humanidades», en cuyas aulas conocí a Marcel Proust... 

Pues sí: la obra de este «mundano diletante», entre otros escritores universales, era parte de nuestras obligaciones académicas  como estudiantes de Biología Marina, en un contenido curricular que confería peso y valor a las artes y ciencias del espíritu en la formación integral de profesionales  en ciencias de la vida. Clases apasionantes -o no tanto-, dictadas en ambientes sobrios y dignos por voces con múltiples acentos –asiáticos, del Cono Sur, del Medio Oriente, criollos- que inspiraban deferencia, algún miedo y, sobre todo, un enorme respeto por su aproximación a la sabiduría. Eran tiempos en los que era fácil entender porqué a la amalgama de esos recintos y de esa gente se le llamaba «Universidad».

Hoy en Venezuela, esta palabra evoca tragedia, burla y menosprecio, por recintos y por gentes. Hoy, «el poder» ha logrado que la discusión social sobre el Profesor Salinas sea un cruce de invectivas hacia la «familia que lo abandonó» y esta que intenta defenderse, arguyendo que nunca desatendieron a su padre/abuelo que, sin embargo vio morir a su esposa de mengua, incapacitado él mismo de asistirla en medio de la soledad y la depresión que casi lo mata a él también. Lo cierto es que el debate no está allí. Ni siquiera eso debería ser objeto de discusión, pues cada familia es dueña absoluta de la forma cómo sus miembros se relacionan entre sí. A cada quien con sus afectos, sus responsabilidades y sus compromisos. Lo que sí es objetiva y absolutamente reprochable sin ningún bemol es el irrespeto que representan los presupuestos universitarios (menos del 10% de los requerimientos), la insolencia que es el salario de los profesores en ejercicio, el insulto y la humillación del ingreso por jubilación del Profesor Salinas, el «premio» a sus enormes méritos. Hoy Salinas y su esposa son la cara visible y desgarradora de la infamia cotidiana que sofoca a la universidad venezolana, apartándonos a la fuerza de cualquier vía de regeneración y progreso. 

Marcel Proust dijo: «La indiferencia ante la desgracia de los demás es, definitivamente, el más terrible gesto de crueldad». Esta sentencia admonitoria retumbaría sonora hoy en las paredes de la universidad cumanesa de mis primeros días… si paredes quedaran…       

Leyendo, analizando y comentando

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