lunes, 26 de abril de 2021

El pulpo, el Óscar y algo más

 My Octopus Teacher - Wikipedia

 

Pues sí… era de esperar: una impecable combinación de técnicas fílmicas, producción, paisajes naturales espectaculares y argumentaciones que tocan la fibra más sentimental del espectador, fue la fórmula ganadora del Oscar para el mejor largometraje documental 2021.

Quizás con menos brillo filmográfico, pero también de excelente factura, el otro documental que hace olas por estos días es «Seaspiracy», que sin dejar de tener razón en algunos de sus planteamientos, apela a la emocionalidad pura explotando hasta la náusea (la sensación es literal) escenas terriblemente crudas de, por ejemplo, masacres de cetáceos. Ningún espíritu medianamente impresionable puede evitar conmoverse a la vista de decenas de animales mutilados, de delfines asfixiados en las «malignas redes» de su insensible depredador.  Y ¡epa! No hay sarcasmo en estas comillas. Las imágenes son muy duras y reflejan sin titubeo la intención de sus autores, en el sentido de que la pesca efectivamente ha generado y genera impactos sobre el ambiente, la biodiversidad y la funcionalidad de los ecosistemas concernidos. La pesca, es verdad, añade su cuota de desgracias, junto con las mil formas de contaminación que conocemos y padecemos, con la degradación de los hábitats costeros y otros, y con los efectos, aún incipientes pero ya trágicos, del cambio climático.

Si bien las convulsiones agónicas de una pobre y anónima sardina en el fondo de un bote artesanal no son tan dramáticas como las de la enorme ballena ahogándose en su propia sangre al costado de un buque factoría japonés, en cualquier caso se trata de sufrimiento animal. Son, al fin y al cabo, formas de martirio que implícitamente aceptamos cuando disfrutamos de un pescadito o de un pollo fritos, pero que no seríamos capaces de consentir sobre la «humanidad» de un oso panda o de una tortuga, seres estos que tienen la fortuna de contar, unos más que otros, con un carisma que, a diferencia de otros millones de especies, los ampara en alguna medida de la crueldad y la devastación.   

Así que, al terminar de ver los documentales en cuestión, casi que zanjamos con absoluta determinación nuestro acuerdo con las admoniciones de los cineastas y con la solución que ellos plantean: no pescar más y reconvertirse al veganismo.

Las selecciones de «La Academia», lo sabemos, muchas veces coinciden con las preferencias del público, por lo que el éxito de «Lo que el pulpo me enseñó» supondría, si la masiva audiencia es coherente con su propio comportamiento, un derrumbe mundial de las pesquerías asociadas a las capturas de cefalópodos. La decisión de dejar de consumir pescado que nos propone Paul Watson, líder de Sea Shepherd o el mismo Ali Tabrizi, director de Seaspiracy, sería efectivamente la solución definitiva del problema: si no hay consumidores, no hay pesca.

La lógica de estos dos personajes es irrefutable. Pero presumo que detrás de esa lógica, aparentemente sólida, se disimula la inconsciencia sobre el hecho de que los ecosistemas no poseen límites precisos, si acaso escalas que son sólo convenciones necesarias para poder aprehender algo que por naturaleza es difuso. O se trata quizás, pensemos bien, de una ilusión quijotesca, pero absurda, de quien auténticamente cree que eliminar la pesca (o cualquier forma de alimentación que implique matar animales) no tendrá a su vez consecuencia en la vida de los millones de personas que viven de la actividad pesquera y sus productos, sobre el estado nutricional de la gente, sobre los hábitats que ahora habrá que intervenir para poder cultivar los alimentos que sustituirán la oferta pesquera (o animal en general).

Pasada la emoción de las películas, yo prefiero pensar que los esfuerzos que muchos hacen para que las pesca pueda ser durable: monitoreos científicos, innovación tecnológica para incrementar la selectividad y aminorar impactos sobre los fondos marinos, educación del pescador, establecimiento de áreas protegidas, etc., son vías realistas y posibles en aras de la sostenibilidad que probablemente nunca ganen un Oscar, pero de repente, sí, un Nobel… ¿por qué no?   


martes, 16 de marzo de 2021

San Ictícola de los Peces, ruega por nosostros...

Luvia de peces. Imagen: americatv.com.pe

La administración de un recurso, en nuestro caso pesquero, debe contener asimismo un significado de «resguardo»,  en el sentido de cautela sobre el uso del recurso mismo en aras de su preservación, pero también de la consideración integral del contexto ambiental que tome en cuenta,  además, el papel que juega el recurso (la especie) en el ecosistema.      

El resguardo será pues efectivo, sólo si la gestión pesquera incorpora la biodiversidad y sus mecanismos, siendo las relaciones tróficas apenas uno de ellos, pero que en el caso de la sardina -otrora base de la pesquería más importante del país- resalta como el más evidente, dado que este pez funciona como piedra angular de un sistema que incluye aves, cetáceos, a nosotros mismos y a otros peces (de los cuales también nosotros somos predadores).

A pesar de esta evidencia ecosistémica y de la del descalabro de esta pesquería (la producción promedio en los 90 y principio de los 2000 rondaba las 150 mil t/año), el @minpescave responde con edictos como este (¡sic, sic, sic!, aunque los recuadros rojos sí son míos):

A la Pesca y a las pesquerías sensu lato (pescador, embarcaciones, artes, especies objetivos, cadenas de valor, entorno social de sus actores, etc.), hay que desposeerlas del amparo del poder político (que en demasiadas ocasiones y expresamente ha descargado su responsabilidad en la Providencia) y hay que, sobre todo, impregnarlas de auténtica conciencia ecológica. Se trata de extender nuestras obligaciones no sólo con una especie o especies objetivo, sino también con el resto de la comunidad natural, con su entorno ambiental… con el pescador mismo, su familia, su educación, sus condiciones de vida y su derecho a la prosperidad. Se trata también de fomentar su autoreconocimiento, su consciencia como ciudadano que hace parte de un conjunto, que va mucho más allá de la ranchería en la que el poder político, en un arranque crónico –valga el oxímoron- de promoción del identitarismo, lo quiere circunscribir, para de esta manera construir mayorías adeptas en desmedro del desarrollo de la persona, del individuo.

La gestión pesquera no debe reducirse sólo a rezarle de vez en cuando a «San Ictícola de Los Peces»* o a diseñar dispositivos administrativos sibilinos que no están fundamentados en evidencias claras, si acaso en percepciones, cuyo resultado, hoy, es un sector deprimido que únicamente puede exhibir un déficit de más de 300 mil toneladas anuales, amén del deterioro social de la gente de mar.

Y como de santos va, citemos pues al Apóstol Santiago: «la fe sin obras, está muerta».

 

*parodia de advocación de un celebrado grupo de humoristas argentinos.





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