martes, 16 de marzo de 2021

San Ictícola de los Peces, ruega por nosostros...

Luvia de peces. Imagen: americatv.com.pe

La administración de un recurso, en nuestro caso pesquero, debe contener asimismo un significado de «resguardo»,  en el sentido de cautela sobre el uso del recurso mismo en aras de su preservación, pero también de la consideración integral del contexto ambiental que tome en cuenta,  además, el papel que juega el recurso (la especie) en el ecosistema.      

El resguardo será pues efectivo, sólo si la gestión pesquera incorpora la biodiversidad y sus mecanismos, siendo las relaciones tróficas apenas uno de ellos, pero que en el caso de la sardina -otrora base de la pesquería más importante del país- resalta como el más evidente, dado que este pez funciona como piedra angular de un sistema que incluye aves, cetáceos, a nosotros mismos y a otros peces (de los cuales también nosotros somos predadores).

A pesar de esta evidencia ecosistémica y de la del descalabro de esta pesquería (la producción promedio en los 90 y principio de los 2000 rondaba las 150 mil t/año), el @minpescave responde con edictos como este (¡sic, sic, sic!, aunque los recuadros rojos sí son míos):

A la Pesca y a las pesquerías sensu lato (pescador, embarcaciones, artes, especies objetivos, cadenas de valor, entorno social de sus actores, etc.), hay que desposeerlas del amparo del poder político (que en demasiadas ocasiones y expresamente ha descargado su responsabilidad en la Providencia) y hay que, sobre todo, impregnarlas de auténtica conciencia ecológica. Se trata de extender nuestras obligaciones no sólo con una especie o especies objetivo, sino también con el resto de la comunidad natural, con su entorno ambiental… con el pescador mismo, su familia, su educación, sus condiciones de vida y su derecho a la prosperidad. Se trata también de fomentar su autoreconocimiento, su consciencia como ciudadano que hace parte de un conjunto, que va mucho más allá de la ranchería en la que el poder político, en un arranque crónico –valga el oxímoron- de promoción del identitarismo, lo quiere circunscribir, para de esta manera construir mayorías adeptas en desmedro del desarrollo de la persona, del individuo.

La gestión pesquera no debe reducirse sólo a rezarle de vez en cuando a «San Ictícola de Los Peces»* o a diseñar dispositivos administrativos sibilinos que no están fundamentados en evidencias claras, si acaso en percepciones, cuyo resultado, hoy, es un sector deprimido que únicamente puede exhibir un déficit de más de 300 mil toneladas anuales, amén del deterioro social de la gente de mar.

Y como de santos va, citemos pues al Apóstol Santiago: «la fe sin obras, está muerta».

 

*parodia de advocación de un celebrado grupo de humoristas argentinos.





martes, 13 de octubre de 2020

Las lecciones del coronavirus. El "punto de vista" del ecosistema

            

                                                            Ilustración: F. Gerlotto

Hay muchas versiones polémicas, contrapuestas, muy imaginativas a veces, que pretenden explicar el origen de esta pandemia, sus efectos y su evolución. Pocas ofrecen un claro contexto y razones objetivas del porqué estamos en esta situación, y lo que eventualmente nos depaparía el porvenir, luego de esta brutal inflexión en nuestras vidas.

Les propongo entonces este texto de François Gerlotto, ecólogo de clase mundial y, para mi fortuna y orgullo, amigo consecuente cuyos estudios y reflexiones intento evocar con frecuencia en mis humildes escritos. Las páginas de Gerlotto que vehementemente sugiero explorar, harán parte de una obra mayor que por ahora está disponible sólo francés en su primera edición (“Cataclisme ou Transition. L’Écologie au Pied du Mur”; IFCCE, Colection Cité; 2019). Por lo pronto, contamos afortunadamente con estas cavilaciones de total pertinencia  -en estos tiempos de aparición y multiplicación del SARS-CoV-2 y su correlato, la COVID-19-, a las cuales podemos acceder AQUÍ, gracias a otro estimado amigo y colega, Alejandro Luy y a su siempre bien nutrida página web institucional.

Conviene decir desde ya, que no vamos a encontrar en estas líneas magia, novela o espectáculo, sino evidencias ecológicas e históricas de nuestra evolución como especie dominante, y sus desventuradas expresiones en el ecosistema planetario de hoy,  además de algunas opciones de futuro…si futuro queremos…

 

viernes, 10 de julio de 2020

El futuro ya no es lo que era



La frase completa de Paul Valéry es: “El problema de nuestros tiempos, es que el futuro ya no es lo que solía ser”. Y si a esta sutil ironía de Valéry le sumamos el penetrante sarcasmo de Winston Churchill, cuando dijo “El pronóstico es un arte difícil… especialmente cuando se trata del futuro”, obtendremos un perfecta calificación de esta época que nos tocó.


Hubo tiempos mejores, en los que vivíamos despreocupadamente bajo el convencimiento del carácter inagotable de los dones del planeta. Mejores, porque la humanidad sólo se concentraba en optimizar los métodos de explotación de los recursos naturales, sabiéndolos (creyéndolos) infinitos; percepción esta que se extendió incluso hasta bien entrado el siglo XX. 


Ya conocemos lo que pasó después; lo que está pasando ahora y el calibre de sus consecuencias. Administrar pues hoy recursos naturales bajo aquellas premisas anacrónicas, enfocadas sólo en el incremento de la producción, no es nada más ignorancia; es irresponsabilidad e ineptitud. 
  

Y cuando nos referimos a nuestro tema específico, la pesca (sensu lato), efectivamente constatamos rápidamente que el pronóstico es un arte difícil. Hace mucho rato que sabemos que la administración pesquera no es un tema de ‘poder de pesca’. Ni siquiera se trata sólo de ‘Máxima Captura Sostenible’. El reto, en todo caso, es lograr una gestión que para ser óptima, debe, sí, procurar capturas importantes, pero sobre todo, debe contar con la opinión de los científicos sobre cómo capturar lo máximo posible (no necesariamente ingente), con el menor impacto aceptable. Es así como se compone el concepto de sostenibilidad, que, por supuesto, no es fácil, como tampoco lo es entender las complejidades de un sistema natural bajo explotación, en términos de biodiversidad, hábitat y rentabilidad social a largo plazo, en el futuro…el de Valéry y Churchill.


Por eso, a cada quien su trabajo; a cada quien su responsabilidad: el deber del Estado es propiciar el mantenimiento de las series temporales estadísticas. El deber de la comunidad científica es servirse de ellas, identificar variables pertinentes y diseñar nuevas series. El deber del administrador es emplear las tendencias observadas, para ajustar los dispositivos de regulación. 


Ese es el deber, o sea, esa es la obligación moral y debería ser la obligación legal. Pero aquí el Estado, o lo que va quedando de él, a punta de discursos en los que pretende vender una ilusión autárquica, apenas impulsa deficiente y espasmódicamente aumentos a troche y moche de la producción agrícola, que sin embargo ha sido tremendamente insuficiente (Encovi 2020). 


Es triste, abismalmente triste, que –empleando la jerga de los economistas- la variable de ajuste más “exitosa” para paliar las carencias, ha sido la expulsión de cerca de 5 millones de venezolanos de su tierra. Es por eso, paciente lector, que el déficit para satisfacer los requerimientos poblacionales de consumo de recursos vivos acuáticos no es más profundo. Es por eso que las supestas  200 mil toneladas anuales declaradas a la FAO “rinden” en un país también demográficamente deprimido, que hace no mucho tiempo, cuando creíamos tener el futuro asegurado, producía 500 mil toneladas cada año.





Leyendo, analizando y comentando

La Guaira

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