martes, 13 de octubre de 2020

Las lecciones del coronavirus. El "punto de vista" del ecosistema

            

                                                            Ilustración: F. Gerlotto

Hay muchas versiones polémicas, contrapuestas, muy imaginativas a veces, que pretenden explicar el origen de esta pandemia, sus efectos y su evolución. Pocas ofrecen un claro contexto y razones objetivas del porqué estamos en esta situación, y lo que eventualmente nos depaparía el porvenir, luego de esta brutal inflexión en nuestras vidas.

Les propongo entonces este texto de François Gerlotto, ecólogo de clase mundial y, para mi fortuna y orgullo, amigo consecuente cuyos estudios y reflexiones intento evocar con frecuencia en mis humildes escritos. Las páginas de Gerlotto que vehementemente sugiero explorar, harán parte de una obra mayor que por ahora está disponible sólo francés en su primera edición (“Cataclisme ou Transition. L’Écologie au Pied du Mur”; IFCCE, Colection Cité; 2019). Por lo pronto, contamos afortunadamente con estas cavilaciones de total pertinencia  -en estos tiempos de aparición y multiplicación del SARS-CoV-2 y su correlato, la COVID-19-, a las cuales podemos acceder AQUÍ, gracias a otro estimado amigo y colega, Alejandro Luy y a su siempre bien nutrida página web institucional.

Conviene decir desde ya, que no vamos a encontrar en estas líneas magia, novela o espectáculo, sino evidencias ecológicas e históricas de nuestra evolución como especie dominante, y sus desventuradas expresiones en el ecosistema planetario de hoy,  además de algunas opciones de futuro…si futuro queremos…

 

viernes, 10 de julio de 2020

El futuro ya no es lo que era



La frase completa de Paul Valéry es: “El problema de nuestros tiempos, es que el futuro ya no es lo que solía ser”. Y si a esta sutil ironía de Valéry le sumamos el penetrante sarcasmo de Winston Churchill, cuando dijo “El pronóstico es un arte difícil… especialmente cuando se trata del futuro”, obtendremos un perfecta calificación de esta época que nos tocó.


Hubo tiempos mejores, en los que vivíamos despreocupadamente bajo el convencimiento del carácter inagotable de los dones del planeta. Mejores, porque la humanidad sólo se concentraba en optimizar los métodos de explotación de los recursos naturales, sabiéndolos (creyéndolos) infinitos; percepción esta que se extendió incluso hasta bien entrado el siglo XX. 


Ya conocemos lo que pasó después; lo que está pasando ahora y el calibre de sus consecuencias. Administrar pues hoy recursos naturales bajo aquellas premisas anacrónicas, enfocadas sólo en el incremento de la producción, no es nada más ignorancia; es irresponsabilidad e ineptitud. 
  

Y cuando nos referimos a nuestro tema específico, la pesca (sensu lato), efectivamente constatamos rápidamente que el pronóstico es un arte difícil. Hace mucho rato que sabemos que la administración pesquera no es un tema de ‘poder de pesca’. Ni siquiera se trata sólo de ‘Máxima Captura Sostenible’. El reto, en todo caso, es lograr una gestión que para ser óptima, debe, sí, procurar capturas importantes, pero sobre todo, debe contar con la opinión de los científicos sobre cómo capturar lo máximo posible (no necesariamente ingente), con el menor impacto aceptable. Es así como se compone el concepto de sostenibilidad, que, por supuesto, no es fácil, como tampoco lo es entender las complejidades de un sistema natural bajo explotación, en términos de biodiversidad, hábitat y rentabilidad social a largo plazo, en el futuro…el de Valéry y Churchill.


Por eso, a cada quien su trabajo; a cada quien su responsabilidad: el deber del Estado es propiciar el mantenimiento de las series temporales estadísticas. El deber de la comunidad científica es servirse de ellas, identificar variables pertinentes y diseñar nuevas series. El deber del administrador es emplear las tendencias observadas, para ajustar los dispositivos de regulación. 


Ese es el deber, o sea, esa es la obligación moral y debería ser la obligación legal. Pero aquí el Estado, o lo que va quedando de él, a punta de discursos en los que pretende vender una ilusión autárquica, apenas impulsa deficiente y espasmódicamente aumentos a troche y moche de la producción agrícola, que sin embargo ha sido tremendamente insuficiente (Encovi 2020). 


Es triste, abismalmente triste, que –empleando la jerga de los economistas- la variable de ajuste más “exitosa” para paliar las carencias, ha sido la expulsión de cerca de 5 millones de venezolanos de su tierra. Es por eso, paciente lector, que el déficit para satisfacer los requerimientos poblacionales de consumo de recursos vivos acuáticos no es más profundo. Es por eso que las supestas  200 mil toneladas anuales declaradas a la FAO “rinden” en un país también demográficamente deprimido, que hace no mucho tiempo, cuando creíamos tener el futuro asegurado, producía 500 mil toneladas cada año.





viernes, 24 de abril de 2020

¿El milagro de la multiplicación de los peces?

https://www.yucatan.com.mx/wp-content/uploads/2020/04/choroni.jpg
https://www.yucatan.com.mx/internacional/toneladas-de-peces-sorprenden-a-venezolanos-lo-consideran-un-milagro


“Arribazones” de jureles en las costas de Carabobo y Aragua; profusión de estos mismos peces en playas del norte de Margarita; catacos y bagres varados aquí y allá; ingentes caladas de sardina en orillas hace tiempo despobladas por estos humildes y esenciales animalitos.


Todo parece confluir en tiempo y espacio como una respuesta divina a las necesidades de los pobres de esta Tierra de Gracia, castigados por plagas de diverso pelaje, a la vez que la “Madre Natura” nos echa en cara su fuerza y vitalidad, a pesar de lo maltratos. Evidencia de ello también, zorros, venados, cabras montesas, jabalíes paseándose a gusto por calles y jardines de las ciudades del mundo. Mamíferos marinos regodeándose en muelles, canales y marinas, o saltando a tierra por las calles de San Cristóbal, en Las Galápagos; ruidosas bandadas de pájaros atravesando la calina caraqueña.


¿Cómo explicar esta súbita y extraña versión de Jumanji?

Se me ocurre decir al rompe, que efectivamente algo es diferente es nuestra perspectiva para observar: más tiempo para hacerlo, más gente en la tarea, más medios para registrarlo, más plataformas para difundirlos con inmediatismo absoluto y la sensibilidad exacerbada en las RRSS por el sufrimiento de cientos de miles de congéneres  del que somos testigos en vivo y en directo.


En segundo lugar, intentemos consideraciones, digamos, más frías: ¿esa aparente hiperabundancia de peces al alcance de la mano es un nuevo maná? ¿Esos animales silvestres circulando libremente por las ciudades son una suerte de venganza de la Naturaleza que retoma sus espacios? 


Pensemos, por ejemplo, en la enorme cantidad de embarcaciones que en nuestro país, por imposición de la cuarentena, por escasez de gasolina, entre otras muchas, dejaron de circular por nuestras aguas costeras, justo en tiempos de Cuaresma y de vacaciones, cuando los vientos Alisios del noreste soplan con más intensidad, enriqueciendo nuestras costas. Agua fértil con menos de la perturbación generada por lanchas cargadas de turistas y por botes pesqueros; menos evitamiento por parte de peces y otros animales de aguas orilleras y más teléfonos inteligentes en manos de la gente que se aventura a las costas y que, a través de sus videos, componen percepciones de una prodigalidad de las aguas que no necesariamente es tal.


Mientras tanto, en tierra, en ciudades y pueblos, con su fragor perdido, el aire más limpio y la gente encerrada, los animales, ni tontos, como apunta un estimado colega, aprovechan jardines y depósitos de basura, sin tener que enfrentar el rechazo de los habitantes regulares. Es la fauna silvestre que nos acompaña siempre, pero que no tenemos tiempo de observar distraídos en nuestras ocupaciones y que repudiamos porque nos incomoda en nuestros nichos que están concebidos para la exclusión.


¿Demasiado ecuánime y objetivo este intento de explicar, al menos parcialmente, este reacomodo espacial de las especies en el que Dios y nuestros santos no tienen nada que ver? No necesariamente si aprendemos a entender la Naturaleza como un milagro de la Creación que merece respeto. Y respetar el milagro es hacer uso racional de sus dones, en lugar de “administrarlos” bajo la irresponsable y majadera premisa aquella de que “la Providencia proveerá” (atención Insopesca y un largo etcétera).


Leyendo un artículo de un poeta cuyos escritos frecuento, acabo de toparme con esta cita de San Agustín: “La naturaleza de Dios es como un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. 

Atreviéndome a interpretar al Santo Doctor, pienso entonces que cada uno de nosotros es el centro de uno de esos círculos y nuestras acciones, la circunferencia, puede tener efectos desconocidos en límites difusos… justo como es el caso para cualquier ecosistema y sus componentes. En definitiva pues: la responsabilidad es nuestra y no de la Providencia. El milagro verdadero es la capacidad con la que fuimos dotados para asumirla.


Leyendo, analizando y comentando

La Guaira

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